Ricardo Lagos

¿Realismo mágico o mago del realismo?

04 de May de 2014

Columna de Ricardo Lagos en diario El País de España

Con la partida de Gabriel García Márquez se va también un pedazo de nuestras vidas. Pero se marcha también un mago, aquel que marcó el devenir de nuestra generación cuando nos dejó alucinados en aquel 1967 con su Cien Años de Soledad.Y desde allí siguió la secuencia de relatos de un verdadero descubridor de nuestra América Latina.

En todas sus novelas dejó el sello del así llamado realismo mágico. Sin embargo, como dijo más de una vez, lo que hace es describir la realidad, pero ocurre que esta realidad nuestra es sorprendente y compleja de aprehender. Y allí García Márquez devino en ser el verdadero mago, capaz de entender esta extraña realidad latinoamericana. Un mago que descubre sus misterios y sus trasfondos y los transforma en palabras, en letras, en escritura. Y cuando esa realidad persistía en sus semisombras, él supo colocar la palabra y el verbo capaz de convertirla en conciencia e identidad de un continente.

Fui testigo de un acto de magia, en una cena inolvidable del año 1998 en la Feria del Libro en Guadalajara junto a Carlos Fuentes, Belisario Betancourt y Jesús Polanco, entre otros. Y allí, en la conversación, García Márquez cuenta que siempre al terminar sus novelas tiene un amigo que lee el borrador final y que le da su opinión. Y que cuando un amigo leyó el borrador final de El general en su laberinto, esta descripción magistral en que el mago extrae el alma misma de lo que siente Bolívar en sus días finales derrotado y abandonado. Allí, como todos sabemos, describe a Bolívar comiendo solo en una casa de campo muy antigua, a la espera del barco que lo llevaría por el río Magdalena hasta el mar. Termina la comida y siente que no podrá dormir por las mil ideas que le pasan por la cabeza. Sale al patio y empieza a dar grandes zancadas meditando en su infortunio. Hay una hermosa higuera y, de repente, al medio de las ramas de aquel árbol aparece una hermosa luna llena.

Cuando el amigo llega a esta parte del texto le pregunta: “Gabo, ¿quién te dijo que esa noche había luna llena?”. Y según se cuenta, García Márquez responde: “¿Quién me puede negar que había luna llena?” Y el amigo le dice: “Gabo, en muchas cosas tu eres muy ignorante. Tu no sabes acaso que desde el Observatorio Astronómico de Greenwich, en Inglaterra, el observatorio de Su Majestad británica, saben exactamente qué luna había en cada día de la humanidad”. Y el escritor pregunta: “¿Y que quieres que haga entonces?” “¡Escríbele al observatorio!” Y el Gabo siguió el consejo de su amigo y escribió para preguntar qué luna había tal día.

A esas alturas del cuento, García Márquez tenía la atención completa de los comensales. “Y entonces”, nos dice, “yo parecía un enamorado esperando la respuesta de su amor. Todos los días miraba por la ventana el momento en que llegaba el cartero. Lo veía entrar y dejar las cartas, y bajaba corriendo a mirarlas y no había respuesta. Pasaron cuarenta días y yo expectante sin saber si habría respuesta. Grande fue mi sorpresa cuando, luego de tanto tiempo, llega el cartero con una carta del Observatorio Astronómico de Greenwich”. Y nos cuenta, para mantener tal vez la atención de la audiencia, que dejó el sobre en la mesa sin abrirlo. Y luego de un rato tomó la decisión y leyó la respuesta: no podía creerlo, ese día hubo luna llena.

Por eso digo que Gabo era mago. Pudo haber puesto que ese día no había luna y el general Bolívar se habría deprimido más todavía en esta noche oscura. Pero él intuyó que aún en las circunstancias más duras de la vida, el ser humano necesita un poco de esperanza. Y el borde de lo posible suele ir, sorprendentemente, un poco más allá.

Somos muchos que, al igual que el inicio de El Quijote, recordamos como comienza Cien Años de Soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Sí, es lógico sentir que hay un algo común con las primeras palabras del texto fundacional de Cervantes: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Hay allí una similitud de comienzos, de alborada cultural. García Marquez y Miguel de Cervantes fueron descubridores de su tiempo hablando desde el borde la realidad. Es que tal vez Cervantes, a su modo, también fue mago: imaginó a don Quijote embistiendo contra molinos de viento. ¿Acaso no es aquella una gran metáfora que llega hasta nuestros días, cuando hay afanes por cambiar la realidad y hacerla más justa? ¿Y en aquella primera frase de García Márquez no está la fuerza de la memoria rescatando lo esencial del paso por la vida?

Este gigante que se va, nos deja un testimonio: América Latina, con sus 200 años de vida independiente, emerge con sus dolores y sus éxitos, con sus miserias humanas y sus actos de heroísmo, con las dificultades y su persistencia en apostar por el futuro, porque escritores, pintores, escultores, músicos han sabido reflejar la imaginación desbordante de una sociedad viva. García Márquez hizo que América Latina avanzara hacia una identidad propia, para hablar en un mundo cada vez más global.

El País

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