Ricardo Lagos

García Márquez y los caminos de la integración

05 de May de 2014

Columna de Ricardo Lagos publicada en Diario Clarin

En estos días, cuando Gabriel García Márquez nos dejó -por decirlo así-, es válido remarcar que su aporte no sólo tuvo que ver con la literatura y el fortalecimiento de nuestra propia cultura, sino también con la toma de conciencia de las verdades escondidas de América Latina. El, con su realismo mágico, mostró una Latinoamérica profunda, con sueños e imágenes verdaderas o tenidas como tales, todo lo cual hace difícil entender nuestra “realidad”.

Y es sobre esa “realidad” que el político actúa para hacerla más justa y más inclusiva.

Compleja tarea como compleja es la sociedad a la que busca cambiar.

Pertenezco a esa generación que se conmocionó a fondo cuando, en 1967, se cruzó en nuestras vidas “Cien años de soledad”. Nunca he olvidado esa primera frase con la cual comienza el texto: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” El juego de los tiempos allí colocado, con el trasfondo de una escena tan persistente en la historia del continente, nos llama a rescatar la fuerza de la memoria como algo ineludible en lo esencial del ser latinoamericano.

Y no siempre le damos a la memoria el espacio que debe tener cuando miramos al futuro buscando días mejores para los hombres y mujeres de nuestros pueblos.

Tuve, como otros, el privilegio de conversar con él en diversas ocasiones, en diálogos donde la política y el devenir latinoamericano estaban siempre presentes. Se ha dicho por estos días: nunca dejó de ser periodista porque en su afán de narrar hacía que la actualidad fuera vista con los ojos del escritor. Y allí se fundía esa dualidad que abría los ojos a los demás, allí donde la realidad parecía entrar a terrenos inverosímiles.

Fui testigo de un acto de su magia, en una cena inolvidable del año 1998 en la Feria del Libro en Guadalajara junto a Carlos Fuentes, Belisario Betancourt y Jesús Polanco, entre otros. Allí en la conversación, García Márquez contó que siempre al terminar sus novelas pasaba el borrador final a un amigo, para recoger su opinión. Así lo hizo con El general en su laberinto, esta descripción magistral en que dibuja el alma de lo que siente Bolívar en sus días finales derrotado y abandonado. Allí, describe a Bolívar comiendo solo en una antigua casa de campo, a la espera del barco que lo llevaría por el Magdalena hasta el mar. Termina la comida y siente que no podrá dormir porque mil ideas le pasan por la cabeza. Sale al patio y empieza a dar grandes zancadas meditando en su infortunio. Hay una hermosa higuera y, entre sus ramas, aparece una hermosa luna llena. Su amigo lector le preguntó si estaba seguro de que esa noche había luna llena. “Lo imaginé”, dijo Gabo. Asegúrate y escribe al Observatorio Astronómico de Greenwich, en Inglaterra, porque ellos saben qué luna ha habido en cada noche de la humanidad. Y esperó, según dijo, cual enamorado la respuesta. Pasaron cuarenta días y cuando ya no tenía esperanzas, el cartero le dejó aquel sobre que no se atrevía a abrir. Tras dar vueltas, inquieto, se aventuró a leer el informe: no podía creerlo, ese día había habido luna llena.

Naturalmente, pudo haber escrito que ese día no había luna y Bolívar se habría deprimido más todavía en esa noche oscura. Pero él intuyó que aun en las circunstancias más duras de la vida, el ser humano necesita un poco de esperanza.

Y el borde de lo posible suele ir, sorprendentemente, un poco más allá de lo que suponemos normal. Allí es donde esas lecciones del realismo mágico, tan enriquecido y promovido por todos los textos de Gabo, se convierten en base del actuar político.

Cuando, por decisión de los ciudadanos, se tiene la responsabilidad de conducir los destinos de un país no se llega sólo para ejecutar un programa, una propuesta. Por cierto, esa es la primera obligación.

Pero también debe estar presente el otro relato, aquel que habla de “un sueño de país”.

El desafío es saber describir aquello que no está, pero que es anhelo, esperanza, aspiración. Hablar de un “sueño de país” aún no presente en libros e historias reclama una capacidad de convocatoria, de convencer de que esa realidad de hoy puede ser muy distinta en el mañana.

Cierta vez, tras firmar el Tratado de Chile con la Unión Europea, llegué a San Felipe, una ciudad agrícola de pocos habitantes, pegada a la cordillera. Allí, bajo un galpón agroindustrial explicaba a un grupo de trabajadoras lo que podría ser aquello, su significado para nuestro desarrollo. Y entonces una mujer, de rasgos contundentes, me interrumpió diciendo: “Presidente, eso está muy bien. Pero, ¿quién nos va a decir si a los europeos les gustan los pimientos amarillos o los pimientos rojos?

Porque según sea el gusto es el cuento que tenemos que contarles …” Sí, ella nos reclamaba un relato que no estaba, pero debíamos crear.

En ese caso ¿cómo interactúan dos realidades tan distintas, la de nuestra América y Europa, más allá del comercio? ¿En qué medida un acuerdo no significa también entendernos en profundidad los unos y los otros, con nuestras historias, con nuestros sueños, con nuestras culturas, con nuestras identidades?

Y lo que esa mujer intuía era cómo ahora que somos socios con Europa, esto va a afectar nuestras costumbres y nuestra realidad presente va a ser distinta porque nos influimos los unos a los otros. Nuestra realidad seguirá siendo mágica, pero ahora enriqueciendo la magia que llega de una cultura que hasta ayer nos era desconocida.

Tras la partida de Gabo cabe recoger su aporte, junto a otros como él, para dar forma a la integración latinoamericana.

La integración desde una identidad común donde un libro, una canción o un poema nos hacen ser parte de un todo.

Basta pensar cuánto le debe Latinoamérica al boom de nuestros escritores en los últimos 50 años y que nos han dado identidad ante el mundo. Una integración que, desde la política aún es tarea pendiente. Allí es donde la creatividad de García Márquez indica el camino a seguir, para tener mejores políticas, profundizando y conociendo más las cosas nuestras, con su dosis de magia y realidad.

Clarín.com

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