Ricardo Lagos

Hablar con una sola voz hacia ambos océanos

06 de April de 2014

Columna de Ricardo Lagos E. en diario Clarín de Argentins

Desde los primeros mapas -antes del 1600- que buscaron describir el orbe en dos hemisferios, siempre se mostró al continente americano rodeado de los dos océanos: el Atlántico y el Pacífico. Vale la pena recordarlo ahora, cuando por ahí se alzan voces para anunciar una tensión creciente entre proyectos de integración ligados al Pacífico y aquellos con los ojos en el Atlántico.

No puede ser ese el camino porque, si así fuera, estaríamos cometiendo un error histórico y estratégico para movernos en las realidades globales del siglo XXI.

Es verdad que arrastramos un itinerario de proyectos fallidos en temas de integración continental. Desde la ALALC de los años sesenta, pensada como una región latinoamericana que tendría arancel común hacia afuera mientras convergía en sus intercambios hacia adentro, hasta ahora donde Mercosur, Alianza del Pacífico, ALBA y otros nombres levantan nuevas formas de integración parcial, hay un itinerario largo que nos llama a ver la realidad y saber actuar en ella.

¿Qué es más relevante hoy: la desgravación arancelaria o la convergencia productiva? ¿Cómo asumimos que la creación de cadenas de valor y la generación de segmentos intensivos de conocimiento son las claves de nuestro desarrollo común? En eso está la CEPAL que prepara para su próxima reunión en mayo una novedosa mirada integradora con más convergencia productiva. ¿Nos damos cuenta de que grandes propuestas de integración impulsadas por países industrializados -como el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) o el que busca también Estados Unidos con la Unión Europea- son respuestas de esas economías industrializadas para restablecer posiciones competitivas basadas en alta concentración de conocimiento?

Son éstas y otras preguntas similares las que debieran guiarnos si hablamos de integración. Y, por eso, miro con estupor cuando algunos buscan contraponer la Alianza del Pacífico como proyecto enfrentado al devenir de los países del Atlántico. Se olvidan de nuestro privilegio: América Latina fluye hacia ambos océanos.

El Atlántico, tras la Segunda Guerra Mundial, fue en el norte el polo de crecimiento del comercio global. Primero con el Plan Marshall de Estados Unidos para ayudar a la reconstrucción de las naciones devastadas por la guerra y luego la Europa misma, creándose así un ámbito de dinamismo que arrastró al resto del orbe. Pero luego vino Asia con otros motores de creciente influencia: primero Japón, después los nuevos tigres como Singapur, Hong Kong, Taiwán y más tarde Corea. Con la pujanza económica de China y la llegada de los capitales del mundo por allá, emergió el Pacífico como el gran actor económico capaz de empujar al mundo en este siglo XXI. Y América Latina se encuentra -oportunidad de la historia- en el medio de ese tráfico que va construyendo corrientes nuevas del Atlántico al Pacífico.

El desafío contemporáneo es asumir esa oportunidad: definir cómo vamos a hablar con una sola voz hacia ambos océanos. Lo hemos dicho y cabe reiterarlo: la Unión Europea, cuando habla, lo hace como unidad mirando al Atlántico, pero con participación activa de Italia, Polonia o Grecia, países alejados de ese océano, pero indispensables en la identidad de la relación de esa región con el mundo.

La Alianza del Pacífico, llamada a ser un acuerdo de integración económica y de modernización de sus intercambios y no otra cosa, tendrá peso y proyección si va por el mundo con una vinculación estrecha con Brasil, Argentina y las otras naciones de vocación atlántica. Y, del mismo modo, el peso de los países atlánticos será otro si su devenir internacional emerge estrechamente vinculado a los del Pacífico. Otra será la mirada, por ejemplo, en Europa si se los ve así.

Pienso que es el momento justo para plantear con claridad al mundo estas definiciones. Y si algo debiera ser prioritario en la agenda de UNASUR es cómo la América del Sur va a definir sus acciones y presencias hacia ambos océanos, una mentalidad común ligada a visiones de convergencia regional.

Hay temas urgentes para UNASUR, como la infraestructura, el avance hacia una integración energética o el mejor flujo de paso por nuestras aduanas, para un comercio intrarregional que no llega al 20% entre nuestros países. Y, por cierto, asumir todo el fenómeno de migraciones y cruces crecientes de seres humanos que están demandando mayor libre circulación entre nosotros.

Junto a lo anterior, la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC) es el elemento para debatir los grandes temas de la política mundial. Tal vez si la CELAC se reúne dos meses antes del Grupo de los 20 (G20), podríamos los países de esta parte del mundo pedir a los tres que están allí -Argentina, Brasil y México- que sean portadores de nuestras opiniones sobre temas como el cambio climático, migraciones, narcotráfico y drogas, nuevas bases para una arquitectura financiera internacional o los mecanismos de seguridad y paz que se debaten en Naciones Unidas.

El nuevo gobierno chileno ha planteado la necesidad de retomar el impulso regional en tanto se hace política exterior desde la región a la cual se pertenece. En buena hora.

Debemos eludir “el fantasma de Tordesillas”.

Hace 500 años los Reyes Católicos en España y el rey de Portugal definieron allí la forma en que el territorio descubierto de esta América debía dividirse entre los reinos de España y Portugal.

Definir a nuestros países según el océano al cual miren tiene algo de vuelta al espíritu de Tordesillas, de hace 500 años.

Y, por cierto, no es el mejor referente cuando las realidades del siglo XXI nos llaman a trabajar juntos. Como se dijo en un seminario reciente del Consejo de Relaciones Internacionales para América Latina (RIAL), “integración exitosa es la que consigue que primen los elementos de cooperación, buscando convergencias posibles, sin pretender eliminar las diferencias sino hacerlas manejables”.

vía Clarin.com

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