Ricardo Lagos

Ninguna región puede sofocar su historia

07 de July de 2014

Columna de Ricardo Lagos en diario Clarin de Argentina. El ajedrez político, étnico y religioso que se juega hoy en Oriente Medio deriva de lo que las potencias decidieron luego de la Primera Guerra.

Estamos todos inmersos en el Mundial. Contentos al constatar que por primera vez, desde 1986, de los dieciséis equipos que pasaron a Octavos de Final, la mitad son americanos.

Primera vez que ocurre. Si uno –aprovechándose de la referencia- piensa cómo se veía el mundo en esa fecha y dónde estamos ahora, sólo cabe constatar enormes cambios que casi siempre los futurólogos y expertos en inteligencia fueron incapaces de advertir.

No se trata sólo de la caída del Muro de Berlín, hecho clave y determinante, por cierto. China y Rusia (entonces la Unión Soviética) mantenían su propia Guerra Fría; hoy suscriben un acuerdo de abastecimiento de gas por veinte años, junto a otras medidas de mutuo apoyo estratégico. Y coinciden, además, en los BRICS. Japón era la potencia económica en Asia y reiteraba su compromiso de mínimo desarrollo militar interno; hoy es economía altamente endeudada que busca recuperar su ritmo de desarrollo y anuncia que cambiará la Constitución de 1947, dejando atrás su compromiso con el pacifismo.

Estados Unidos sigue siendo gran potencia, pero es claro que ya no tiene la fuerza y dominio de décadas previas.

El motor del crecimiento mundial se ha desplazado del Atlántico al Pacífico.

Y se podría seguir. Pero hay un área del mundo donde la historia parece seguir dando vueltas una y otra vez sobre sí misma: el Medio Oriente.

Con sorpresa –y quizás con estupor porque ningún servicio de inteligencia pareció advertir lo que venía– aparece un líder fuertemente armado y con tácticas de ataque implacable, que anuncia la creación de un Califato, cual si estuviéramos en tiempos del medioevo islámico o del Imperio Otomano.

Es el líder del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, la sigla en inglés), proclamado por Abu Bakr al Baghadadi, quien se ha nominado califa a la vez que rompía con Al Qaeda. La escisión se produjo porque este nuevo grupo busca ser más radical aun en sus métodos y metas, llevándose por delante el actual gobierno de Irak. Ahora ya ocupa un territorio que va desde la ciudad iraquí de Diyala hasta Alepo, en Siria, teniendo bajo control los mayores campos petroleros de aquella zona.

La crisis de hoy puede ser vista desde Occidente como aquella creada por la confrontación de intereses en torno del petróleo. Es eso, pero en el fondo hay mucho más. Viene desde la división de los seguidores de Mahoma tras la muerte de su líder espiritual en los chiítas y los sunitas.

Sin importar la forma de gobierno, las dos tribus religiosas han mantenido el control de distintos estados de la región de manera intermitente en una lucha que se extiende por más de mil años. A su vez, distintas potencias de Oriente y Occidente se han aliado y enemistado con estos gobiernos según sus intereses comerciales y petroleros. Ambas realidades se conjugan para aparecer otra vez –en pleno siglo XXI– gestando una nueva escalada de conflictos.

¿Cómo se ha llegado a esto? No es fácil entender el ajedrez político, étnico y religioso que allí se juega.

Irak aparece ahora dividido entre una parte controlada por los sunitas, otra por los chiítas y una tercera por los kurdos. ISIS es el resultado de los yihadistas y sunitas que con el respaldo del presidente Assad de Siria han surgido como una fuerza nueva incontrarrestable. Pero lo que es más grave, los grupos yihadistas-terroristas han sabido explotar esta realidad. Para ellos es claro que Irak, bajo la dictadura de Hussain, vivió bajo supremacía suní. A su caída, el Primer Ministro Nuri al-Maliki, en vez de llevar adelante un gobierno de unidad nacional optó por un régimen dominado por los chiítas, suponiendo que era posible someter al resto.

Estados Unidos, que invadió Irak en una guerra cuestionada en su origen y en sus resultados, retiró sus tropas por decisión del presidente Obama. Así el mandatario cumplió con un anuncio de su primera campaña. Pero tras la invasión quedó un gobierno totalmente cuestionado por su incapacidad de dar gobernabilidad al país: Irak, tras la guerra, ha quedado con instituciones débiles y propenso por ello a ser un Estado fallido.

La ONU hizo una advertencia al presentar su balance de víctimas en Irak: “Si los actuales niveles de violencia continúan sin cambios durante el próximo año, 2014 podría ser tan mortal como 2004, que presenció dos cercos a Faluya y el fortalecimiento de la insurgencia”.

Las expectativas más pesimistas se están cumpliendo: desde comienzos de año ya han muerto más de 4.700 personas en Irak.

Pero es necesario darse cuenta de que esta realidad de hoy también es expresión de lo decidido por las potencias coloniales a finales de la Primera Guerra Mundial. En ese momento, dichos poderes podían imponer sus puntos de vista, dibujar mapas artificiales, independientemente de las corrientes más profundas y sus divisiones históricas.

Hoy ya no.

Estados Unidos y Europa, las grandes potencias que emergen de la Primera y Segunda Guerra Mundial, miran con impotencia cómo este desarrollo de los acontecimientos está más allá de sus posibilidades de abordarlo.

Y de ahí esta sensación “de un mundo un poco a la deriva y en donde las sorpresas están cada tanto.” ¿Qué conclusiones sacar de todo esto? Por lo menos tres: primero, aún seguimos pagando los costos que el colonialismo impuso en el apogeo de su expansión en todo el orbe; segundo, que los estados sólo pueden ser sólidos cuando hay coherencia entre su devenir histórico, sus bases culturales y su institucionalidad como país; tercero, que en el siglo XXI ya no basta con acuerdos de seguridad entre Estados (al estilo de 1945), sino que cabe reconocer las corrientes profundas que reclaman nuevas formas de diálogo entre visiones culturales diversas y con distintos valores.

Y lo más importante, la historia no se sofoca si es que ha terminado por ser, precisamente, historia. Siempre reaparece y, a veces, con más fuerza y virulencia.

Vía clarin.com
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